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En la noche.

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Caminaba con paso apresurado. En el silencio de la noche solo retumbaba el eco de mis tacones, una voz a lo lejos que cantaba y algún coche . El suelo estaba cubierto de charcos. Tan solo alumbraba aquel callejón una luz parpadeante de una vieja farola. De vez en cuando, entre las nubes que amenazaban tormenta, se asomaba tímida la luna. 

Todo lo que me había llevado hasta allí era él. Desde el día que reapareció de entre las sombras en mi casa. Desde el día que ni siquiera había tenido valor para no contestarle. Como siempre sus palabras sonaban tan falsas como lo era su sonrisa. Y por fin esa noche había ahorrado el valor suficiente, día tras día y con paciencia, para mandarle a la mierda. He de reconocer que también el alcohol me ayudó a plantarle cara, y quizá era también él el que me hacía sollozar.

Ya veía el final del callejón más cerca. A medida que me acercaba a la salida de aquel lugar la luna empezaba a asomarse con mas frecuencia. Oí unos pasos que intentaban imitar los mios torpemente. Pensé que era él y no quise girarme. Apreté el paso, y aquellos pies me imitaron. Otra vez. Debía enfrentarme otra vez a sus ojos.  Me detuve un instante, y antes de que se sucediera otro me volví. Me petrifiqué. A tan solo unos centímetros otro rostro me observaba. Su cara estaba agrietada, llena de heridas recientes de las que se podía oler como quería brotar una sangre congelada. Antes de poder pensar en escapar, su mano  agarró bruscamente mi cuello. Inclinó levemente la cabeza, acercándola con sutileza a la mía. Vi como sus ojos me miraban y en seguida lo entendí. Era su presa. Abrió ligeramente la boca, y emitió un extraño gruñido.  También desprendió de sus putrefactos dientes un hedor digno de alcantarilla. De pronto su lengua amarillenta atravesó mi boca. Yo intenté apartarme, el sabor de sus labios era aun peor que el hedor de su aliento. Cuando se separó de mí, me empujó haciéndome caer al suelo. Fue entonces cuando realmente me asusté, pero antes de que quisiera darme cuenta había desaparecido entre las sombras. La luz de la farola dejo de parpadear, y la luna se había escondido definitivamente. Mientras las nubes sedientas comenzaron ha dejar caer una fina capa de agua, y los relámpagos alumbraban la noche, como sustituyendo a la luna.

Me levanté, había caído encima de los muchos charcos. Intenté correr hasta a salida del callejón, y me caí. No podía aguantar mas, comencé a llorar como una niña que pierde de vista a sus papas. Un dolor insoportable parecía obligarme a hacerlo. Me incorporé débilmente, y vomité el beso de aquel repugnante ser. Me apoyé sobre la pared. Estaba tan cansada, que no podía, si quiera,mantenerme en pie. No temía que volviera, porque ya pudo obtener todo lo que quería de mi. Así que sin darme cuenta, acunada por el alcohol, acabe dejándome dominar por un sueño extraño.

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